Mujer nueva en defensa de la vida nueva

Durante todo el año pasado se realizaron diversas campañas de distribución masiva y gratuita de la denominada “píldora del día después”, incluso en algunas Universidades Nacionales las han incluido en sus programas de bienestar estudiantil.
Distintos grupos pro-vida, no solo de la Iglesia Católica, se han levantado contra esta política del Estado, invocando su carácter abortivo, e incluso en distintas provincias, como Tierra del Fuego y Entre Ríos, se evitó la implementación de los planes nacionales en cuestión.
Lo que está en discusión al tratar la distribución de estos fármacos no es solamente una cuestión de credos, como se ha pretendido plantear, sino de proteger la vida de todo ser humano, en particular del débil, contra los distintos ataques que se le prodigan.
Los ataques se dan desde el Estado que en lugar de promover el bienestar general constantemente bombardea a la sociedad con campañas de difusión tendientes a considerar a la natalidad como un mal que debe ser eliminado. El Estado promueve “métodos anticonceptivos de emergencia”, la distribución gratuita de preservativos y anticonceptivos orales, la colocación de “DIU” (Dispositivos intrauterinos) en Hospitales públicos, entre otros.
Estas políticas avanzan, para preparar el campo para el debate mayor que se busca plantear: la legitimación del aborto en nuestro país.
Una de las herramientas más difundidas de las campañas oficiales de los programas de anticoncepción –llamados eufemísticamente “de salud reproductiva”- es el fármaco denominado “píldora del día después”. Las mismas invadieron el mercado farmacéutico nacional, siendo autorizadas por el organismo encargado de controlar las condiciones de los medicamentos y planteando nuevos desafíos.
Según se explica en publicidades y notas periodísticas, esta “anticoncepción de emergencia”, no es abortiva, sino que previene el embarazo –casi como si fuera una enfermedad- revelándose como un medio seguro y sin mayores contraindicaciones.
Llamativamente, cuando se consulta el prospecto que acompaña a dicho fármaco, aparece descripto su funcionamiento, muy distinto a lo que expresan las campañas de difusión.
Al margen de los debates sobre su efecto abortivo, sus propias descripciones afirman claramente su efecto anti-implantatorio. Se produce un bombardeo hormonal que altera la ovulación y eleva el nivel de PH del endometrio, haciendo imposible la anidación.
Silenciosa y asépticamente, se produciría un micro aborto químico, del que nadie terminará de enterarse.
Incluso su propia denominación (“del día después”) abre un interrogante natural. ¿Del día después de qué? La respuesta es tan simple como desalentadora. Después de la fecundación.
Tanto biológica, como legalmente, no existen dudas acerca del inicio de la existencia de la vida humana desde la concepción, o sea la fecundación del óvulo por el espermatozoide, por lo tanto no caben dudas de que impidiéndose la anidación se estaría provocando un aborto.
O sea que en nuestro país la legislación vigente no es concordante: porque por un lado se pena el aborto, se garantiza con Tratados Internacionales el derecho a la vida desde la concepción, etc, y por otro lado desde el mismo Estado se promueve este tipo de política claramente abortiva.
Si como católicos estamos llamados a un más estrecho compromiso con la defensa de la vida humana, y en particular con la más débil, como ciudadanos tenemos la firme obligación de velar por la vigencia del derecho, y proteger a toda persona.
Su Santidad Juan Pablo II exhortaba a los creyentes en la Encíclica Evangelium Vitae diciendo que “Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover el derecho, conscientes de la maravillosa verdad, recordada por el Concilio Vaticano II “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo con todo hombre”.
La pregunta que nos apremia es qué hacer. ¿Cómo recrear la cultura de la vida ante el avance velado, pero sin pausa de la cultura de la muerte? ¿Cómo hacer que se respeten los derechos fundamentales de las personas?
Con claridad en nuestro derecho vigente se revela un ámbito de protección para la vida naciente y de defensa de la persona humana, a pesar de las distintas maquinaciones que se hacen para acallarlo. Conocerlo nos permitirá dar batalla en el marco del derecho para, simplemente, exigir su vigencia.
Bien se ha dicho que nadie es tan fuerte como para asumir la empresa solo, sin embargo, nadie es tan débil como para no intentarlo. Día a día se van recabando testimonios de distintas iniciativas –desde el seguimiento legislativo para estar alerta, hasta campañas de concientización para hacer saber qué es lo que está sucediendo- que contribuyen en la re creación de la Cultura de la vida.
En nuestro caso pesa el doble compromiso, como ciudadanos para defender los derechos fundamentales que cotidianamente se violan, y como creyentes de contribuir con la consolidación de la Cultura de la Vida.
Además como mujeres y en nuestra aspiración a ser como María, Mujeres nuevas, debemos proponernos ser custodias de la vida, proteger toda vida nueva, luchar por este bien tan preciado y regalar nuestro conocimiento a toda aquella persona que no lo tenga. Esta es una forma concreta de despertar Santidad.
Nadie es tan fuerte como para hacerlo solo, pero nadie es tan débil como para no colaborar.
Paula Ferrer, resumen de Algunas Consideraciones jurídicas sobre el derecho a la vida y la llamada “Píldora del día después” por el abogado Ángel Luis Moia
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